Con tantos acontecimientos que el mundo nos trajo este año (el virus del Zika, las Olimpíadas, el Brexit, el golpe de Estado fallido en Turquía, el acuerdo con las FARC y el sucesivo referéndum por el NO, las tensiones en Medio Oriente, y podríamos seguir…) sorprende un poco llegar a esta altura de 2016 con un evento tan significativo que osa opacar a todo lo demás que ha sucedido en términos de política internacional.

Y sin embargo, el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos es un acontecimiento que ha provocado un cimbronazo en las primeras planas de los medios internacionales, desde el pasado 8 de noviembre, y no parece que sea un tema sobre el cual el foco de atención desaparezca pronto.

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Es difícil ponerse en los zapatos del ciudadano norteamericano liberal promedio hoy, que contaba con el mega aparato de la opinión pública y los medios masivos de comunicación para asegurar un triunfo de Hillary Clinton, la candidata demócrata. Claro que, con el diario del lunes, y pasado el shock inicial que significó esta victoria en el mundo del análisis político – excepciones aparte (otra por aquí y aquí) – podemos ahora reflexionar un poco más sobre el panorama que se vislumbra en relación a los Estados Unidos y su toma de posición estratégica en temas que afectan al mundo, a nuestra región latinoamericana, y en mayor o menor medida a nuestro país. Hagamos entonces un breve repaso por los temas más importantes.

En el plano internacional preocupa el cambio en el equilibrio actual de poder en la relación entre los Estados Unidos y Rusia, y el rol de la Unión Europea, que teme verse desplazada a un segundo plano en materia de seguridad internacional y cooperación. Es también conflictiva la posición del presidente electo con respecto a la relación con China, ya que ha denunciado a lo largo de su campaña las maniobras comerciales del gigante asiático.

Respecto a América Latina, hay un consenso entre los analistas sobre el temor a cómo Trump pueda implementar acciones referencia a temas como la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, la construcción del polémico muro en la frontera mexicana, la expulsión masiva de inmigrantes ilegales y las relaciones comerciales bilaterales con los países de la región.

 

 

Con todo, hay que tener en cuenta algunos factores al momento de pensar cómo Trump pueda llegar a implementar acciones que tiendan en la dirección de sus promesas de campaña.

En primera instancia, el cambio de signo político y la peculiaridad de un candidato que se ha presentado como outsider absoluto de la política han generado un alto nivel de incertidumbre y polarización entre sus compatriotas, lo cual en términos de la opinión pública implicará un detallado escrutinio por parte del ahora bando opositor, que tendrá la tarea de continuar levantando las banderas defendidas en campaña contra los dichos controversiales – por su racismo, xenofobia y/o machismo – de su ahora presidente electo.

También es importante destacar que los Estados Unidos tienen un sistema institucional bien establecido de checks-and- balances. Cierto es que en estas elecciones el partido republicano también ganó el control de ambas cámaras legislativas, pero las bancas de la mayoría pertenecen al establishment político que Trump se ocupó de defenestrar a lo largo de toda su campaña, por lo que una saludable cuota de negociación será necesaria si pretende implementar las polémicas reformas que propuso en temas de política interna como salud y educación.

En definitiva lo que el mundo pareciera pretender hoy en día del país del Norte es que los mecanismos de control establecidos, sean los institucionales o los ejercidos por la ciudadanía, puedan mitigar los efectos de esta transición tan radical, luego de ocho años de gobierno demócrata. Tanto por el bien del mundo como de los Estados Unidos en sí.

Esta historia ciertamente continuará…

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