Hay algo que no me termina de cerrar.

Tenemos inteligencia artificial para revivir a Maradona y ponerlo a vender apuestas. Tenemos cohetes, autos autónomos, celulares que sacan fotos como cámaras profesionales, algoritmos que predicen lo que vamos a comprar, plataformas que saben qué nos gusta antes de que nosotros mismos lo sepamos. Tenemos una capacidad técnica impresionante.

Pero al mismo tiempo seguimos teniendo gente sin casa, familias fundidas por trámites legales, personas trabajando de sol a sol para apenas sostenerse, jóvenes apostando desde el celular, adultos agotados, pueblos enteros organizados alrededor de deudas, alquileres imposibles y trabajos que muchas veces no tienen ningún sentido humano.

Entonces capaz el problema no es que nos falte tecnología.

Capaz el problema es más incómodo: tenemos tecnología de sobra, pero seguimos usando reglas viejas para organizar la vida.

Y esas reglas, en muchos casos, ya no sirven.

No digo esto desde una mirada cerrada, ni desde la fantasía de tener una respuesta mágica. Al contrario. Lo digo desde una duda bastante básica, casi de sentido común: si la humanidad produjo tanta riqueza, tanta ciencia, tanta técnica y tanta capacidad de organización, ¿por qué la vida concreta de tanta gente no mejora proporcionalmente?

¿Por qué podemos hacer hablar a un muerto con inteligencia artificial, pero no podemos garantizar que una familia tenga una casa digna?

¿Por qué podemos automatizar procesos complejísimos, pero seguimos obligando a millones de personas a vivir como engranajes?

¿Por qué premiamos tanto algunas actividades que capturan valor y tan poco otras que sostienen materialmente la vida?

Ahí, para mí, hay una discusión de fondo.

La trampa de creer que nuestras reglas son la realidad

Una de las cosas que más me interesa pensar es que la humanidad no mira el mundo de manera neutra. Miramos siempre desde nuestras herramientas, desde nuestro lenguaje, desde nuestras categorías, desde nuestros límites.

La ciencia nos dio cosas extraordinarias. Sería absurdo negarlo. Gracias a la ciencia construimos puentes, medicamentos, máquinas, sistemas de comunicación, herramientas de producción. Pero también hay una trampa: a veces confundimos el modelo que usamos para explicar algo con la cosa en sí.

Por ejemplo, decimos que la gravedad en la Tierra tiene una aceleración aproximada de 9,8 m/s². Eso es tremendamente útil. Nos permite calcular, construir, medir, enseñar, ordenar. Pero el universo no “es” esa fórmula. Esa fórmula es una forma humana de describir una parte de lo que pasa.

El problema aparece cuando nos enamoramos tanto de nuestras propias descripciones que las convertimos en jaulas.

No es que la ciencia esté mal. Al revés. El problema es cuando dejamos de tener una actitud científica y pasamos a defender el marco conocido como si fuera una verdad eterna. Thomas Kuhn hablaba justamente de los paradigmas: marcos desde los cuales una época entiende el mundo, investiga, resuelve problemas y también deja de ver otras posibilidades.

Y esto no pasa solo en la física o en los laboratorios. Pasa en la economía, en la política, en la educación, en la cultura, en la forma en que pensamos el trabajo y hasta en la forma en que pensamos la libertad.

Nos acostumbramos a ciertas reglas. Después esas reglas parecen naturales. Y finalmente, cuando alguien las cuestiona, parece que estuviera loco.

Pero muchas veces la locura no es cuestionar la regla. La locura es seguir obedeciendo una regla que ya no explica el mundo en el que vivimos.

El mercado como límite de la imaginación

Hoy una de las reglas más fuertes es la del mercado.

Y acá conviene ser claros: el mercado no busca la evolución de la humanidad. El mercado busca rentabilidad. Puede generar innovación, sí. Puede ordenar producción, también. Puede resolver algunas cosas. Pero cuando se lo deja como criterio principal de organización social, empieza a pasar algo bastante evidente: lo importante no es lo que mejora la vida, sino lo que se puede vender.

Por eso tenemos celulares nuevos todos los años que en el fondo son casi lo mismo. Una cámara un poco mejor, un color distinto, una carcasa de otro material, una promesa de revolución que no cambia realmente la vida de nadie. No es que no haya avances técnicos. Los hay. Pero muchas veces están puestos al servicio de sostener una rueda de consumo, no de resolver necesidades profundas.

Lo mismo empieza a pasar con la inteligencia artificial.

La IA podría ser una herramienta extraordinaria para liberar tiempo, ordenar sistemas de salud, mejorar la educación, optimizar la producción, evitar tareas repetitivas, democratizar conocimiento. Pero si queda capturada por la lógica del mercado, termina usada para vender más, vigilar mejor, manipular deseos, reemplazar trabajadores sin redistribuir beneficios o producir contenido infinito para mantenernos entretenidos y quietos.

Y ahí aparece una contradicción muy fuerte: una tecnología que podría ayudarnos a salir de la caja termina reforzando la caja.

Porque la IA, por más impresionante que sea, está entrenada con el pasado. Aprende de lo que ya hicimos, de lo que ya escribimos, de lo que ya compramos, de lo que ya deseamos, de lo que ya repetimos. Puede combinar, acelerar, ordenar y producir cosas nuevas en apariencia. Pero no decide por sí misma qué mundo conviene construir. Eso sigue siendo una decisión humana, política y colectiva.

Si la usamos con los valores rotos de siempre, va a amplificar esos valores.

No va a inventar una humanidad mejor si la ponemos a trabajar para una maquinaria que premia la especulación, el consumo impulsivo y la concentración de riqueza.

La cultura del elegido

A esto se suma algo más profundo, que es cultural.

Occidente insiste mucho con la idea del individuo. El elegido. El genio. El emprendedor solitario. El héroe que salva a todos. El sujeto libre que, si quiere, puede.

Lo vemos en la política, en las películas, en la publicidad, en las redes sociales, en la educación motivacional barata. Siempre aparece alguien especial que tiene que resolver lo que el conjunto no puede. El mensaje se repite hasta el cansancio: vos solo, vos sola, vos como individuo, vos como marca personal, vos como destino excepcional.

Incluso en películas infantiles aparece esta lógica. La protagonista elegida, el llamado mágico, la ola que le dice a una persona que ella tiene que salvar a todos. No es que esté mal contar historias así. El problema es que después esa misma matriz se vuelve una forma de entender la realidad.

Y la realidad no funciona así.

La humanidad no avanzó por individuos aislados flotando en el vacío. Avanzó por acumulación colectiva. Por generaciones de personas probando, fallando, corrigiendo, copiando, enseñando, mezclando, transmitiendo. La guitarra española, por ejemplo, no nació de una mente iluminada que un día inventó todo de cero. Es el resultado de miles de modificaciones, usos, errores, culturas, manos anónimas y necesidades concretas.

Con la ciencia pasa lo mismo. Con la tecnología también. Con los oficios, con la política, con el lenguaje, con la música, con la comida, con todo.

Nadie piensa solo.

Incluso cuando aparece un nombre propio, atrás hay una red enorme de personas, instituciones, trabajadores, maestras, técnicos, obreros, familias, comunidades, errores anteriores y conocimientos acumulados.

Por eso me interesa discutir el mito del individuo libre como motor exclusivo de la historia. No porque el individuo no importe. Importa muchísimo. Cada persona importa. Pero una cosa es valorar a la persona y otra muy distinta es negar que la vida humana es colectiva.

Y si el problema que tenemos es global, tecnológico, económico, ambiental y cultural, no lo va a resolver un elegido.

Lo tiene que resolver un colectivo consciente.

El poder real: quién trabaja, quién cobra y quién decide

Esta discusión se vuelve mucho más clara cuando uno la baja a ejemplos concretos.

Pensemos en algo simple: un albañil y un abogado.

No para enfrentar profesiones ni para decir que una vale y la otra no. El conocimiento legal es importante. La construcción también. El problema aparece cuando miramos las proporciones, los riesgos y el poder que hay detrás de cada actividad.

Un albañil pone el cuerpo. Trabaja con herramientas, con clima, con cansancio físico, con riesgo de accidente. Muchas veces coordina a otras personas, da trabajo, mueve materiales, resuelve problemas concretos. Si hace una pared, la pared queda. Si arregla un techo, alguien deja de mojarse. Hay una transformación material directa.

Un abogado, en cambio, puede intervenir sobre una regla. Sobre un trámite. Sobre una sucesión. Sobre un porcentaje. Y esa intervención puede terminar capturando una parte enorme del valor de una propiedad, incluso cuando esa propiedad fue construida, sostenida y habitada por otras personas durante años.

Pensemos una sucesión de una casa de 100.000 dólares. Si los honorarios se calculan como porcentaje del valor del inmueble, el costo puede volverse directamente expulsivo para una familia común. Y ahí aparece una injusticia más profunda: la gente que más necesita conservar una propiedad puede terminar perdiéndola justamente porque no puede pagar el acceso al sistema que debería ordenarle el derecho.

Entonces, quienes conocen las reglas, quienes tienen espalda económica o quienes se mueven cómodos dentro del sistema legal pueden terminar quedándose con bienes de personas más vulnerables.

Eso no es solo un problema administrativo.

Es una forma de poder.

Y pasa en muchas áreas. El sistema premia posiciones que capturan valor mucho más que trabajos que producen valor material o comunitario. Premia la intermediación, la especulación, la ventaja informativa, el acceso a la regla. Mientras tanto, quienes construyen, cuidan, limpian, enseñan, cocinan, acompañan o sostienen la vida cotidiana suelen quedar más abajo en la escala de reconocimiento y de ingresos.

Ahí se ve clarísimo que el problema no es técnico.

Es político, cultural y moral.

Cuando la tecnología se usa para apostar y no para vivir mejor

El caso de Maradona recreado con inteligencia artificial para promocionar una casa de apuestas me parece una síntesis perfecta de esta época.

No por Maradona solamente, sino por todo lo que condensa.

Tenemos una figura popular, muerta, cargada de memoria colectiva, usada digitalmente para empujar una industria que gana dinero con la ansiedad, la ilusión y muchas veces la desesperación de la gente. Una tecnología de frontera aplicada a vender apuestas. Una imagen histórica convertida en pieza de marketing. Una emoción social transformada en conversión comercial.

Y mientras tanto discutimos si hay plata para vivienda, salud, educación, clubes, deporte, cultura o políticas de cuidado.

Ahí aparece la pregunta brutal: ¿para qué estamos usando la inteligencia que tenemos?

Porque no es solo inteligencia artificial. También es inteligencia humana, inteligencia técnica, inteligencia organizativa, inteligencia económica. Hay miles de personas brillantes trabajando para hacer más adictiva una aplicación, más persuasiva una publicidad, más eficiente una campaña, más rentable una plataforma.

Pero no ponemos la misma energía colectiva en resolver lo básico.

Con lo que se paga una campaña de marketing obscena, se podrían construir casas, sostener clubes, financiar becas, mejorar escuelas, equipar hospitales, crear espacios deportivos, acompañar infancias, cuidar a personas mayores.

Entonces el problema no es la falta de recursos. El problema es cómo se orientan.

La riqueza existe. La tecnología existe. La capacidad existe.

Lo que está roto es el criterio.

Vigilancia privada y falsa libertad

Otra contradicción fuerte de Occidente es que habla todo el tiempo de libertad, pero naturaliza formas enormes de control privado.

Se critica mucho la vigilancia estatal en otros modelos políticos, especialmente en Oriente. Y hay discusiones legítimas para dar ahí. Pero Occidente muchas veces se mira a sí mismo como si fuera el territorio puro de la libertad individual, cuando en realidad vivimos hiperobservados por empresas privadas.

Las redes sociales conocen nuestros gustos, horarios, vínculos, deseos, miedos, consumos, posiciones políticas, recorridos, estados de ánimo. Los celulares registran movimientos. Las plataformas ordenan lo que vemos. Los sistemas de datos cruzan información cada vez más sensible. Empresas privadas desarrollan software para gobiernos, defensa, inteligencia, seguridad, finanzas y control de procesos críticos.

Entonces la pregunta incómoda es esta: si la tecnología actual vuelve inevitable algún tipo de sistema de control y coordinación, ¿quién debería tenerlo?

¿Un Estado con responsabilidad pública, contrato social, control democrático y proyecto colectivo?

¿O corporaciones privadas que responden a accionistas, dueños e intereses que pueden estar del otro lado del planeta?

No estoy planteando una respuesta ingenua. El Estado también puede controlar mal, abusar, perseguir, burocratizar, corromperse. Pero por lo menos el Estado, en teoría, puede ser disputado políticamente por la sociedad. Una corporación global, en cambio, no se vota. No se cambia en una elección. No responde a una comunidad concreta. Responde a propiedad, rentabilidad y poder.

Por eso la discusión sobre tecnología no puede separarse de la discusión sobre soberanía.

No alcanza con preguntar qué puede hacer una herramienta.

Hay que preguntar quién la maneja, con qué objetivos, bajo qué reglas y para beneficio de quién.

China y la planificación de largo plazo

En este punto aparece inevitablemente la comparación con China.

Y acá hay que ser cuidadosos. No se trata de idealizar China ni de negar sus problemas. No se trata de importar un modelo como si fuera una receta. Pero tampoco podemos seguir mirando el mundo solo con los lentes de Occidente, como si todo lo que no encaja con la democracia liberal de mercado fuera automáticamente atraso, amenaza o autoritarismo sin nada para aprender.

Hay algo que China mostró con mucha claridad: un Estado con capacidad de planificación puede orientar recursos hacia objetivos de largo plazo.

Infraestructura, producción, tecnología, reducción de pobreza, transporte, energía, urbanización, industria. Todo eso requiere una mirada que el mercado, por sí solo, no suele tener. Porque el mercado busca retorno. Y muchas veces lo importante para una sociedad no da retorno inmediato.

Una ruta en una zona postergada quizá no sea rentable mañana. Una escuela tampoco. Un tren tampoco. Un sistema de salud preventivo tampoco. Una política de vivienda tampoco. Pero esas cosas construyen sociedad.

El capitalismo de Estado chino, con todas sus tensiones, obliga a discutir algo que Occidente evita: ¿qué pasa cuando el desarrollo tecnológico y económico se piensa desde una estrategia nacional y no solamente desde la ganancia de actores privados?

Esa pregunta nos incomoda porque nos saca del libreto.

Pero hay que hacerla.

Porque si la inteligencia artificial, la robótica y la automatización quedan exclusivamente en manos de corporaciones, la productividad puede crecer mientras la vida empeora. En cambio, si hay planificación pública, existe al menos la posibilidad de que esa productividad se traduzca en infraestructura, tiempo libre, derechos, educación, salud, vivienda y bienestar concreto.

No alcanza con producir más.

Hay que decidir para qué se produce más.

La sociedad post-trabajo

Todo esto se vuelve todavía más importante porque estamos entrando en una etapa histórica nueva.

La robótica avanzada y la inteligencia artificial van a poner en crisis el trabajo tal como lo conocemos. No de un día para el otro, no de manera pareja en todos lados, no sin conflictos. Pero la dirección general parece bastante clara: muchas tareas repetitivas, administrativas, mecánicas, logísticas e incluso intelectuales van a poder ser realizadas por sistemas autónomos.

Y entonces hay que animarse a pensar lo que antes parecía imposible.

La humanidad no nació para pasar de 9 de la mañana a 9 de la noche encerrada en una fábrica, una oficina o frente a una pantalla haciendo tareas que una máquina puede resolver mejor, más rápido y durante más horas.

El trabajo puede ser una forma de realización, sí. Pero también puede ser una forma de sometimiento cuando se convierte en obligación vacía, repetición absurda o única vía para no quedar afuera de la vida.

Si las máquinas pueden producir bienes y servicios básicos, la pregunta deja de ser solamente económica.

Pasa a ser humana.

¿Qué hacemos con el tiempo?

¿Qué hacemos con el cuerpo?

¿Qué hacemos con el deseo?

¿Qué hacemos con la comunidad?

¿Qué hacemos con el conocimiento, el arte, el deporte, la comida, el juego, la crianza, los oficios, el placer de crear algo con las manos?

Una sociedad post-trabajo no debería ser una sociedad de descarte, donde millones de personas quedan afuera porque ya no son necesarias para producir ganancias. Debería ser exactamente lo contrario: una sociedad donde la productividad tecnológica permita liberar tiempo humano.

Para eso hace falta distribución. Hace falta salario universal o algún tipo de ingreso garantizado. Hace falta educación permanente. Hace falta salud pública. Hace falta vivienda. Hace falta cultura. Hace falta deporte. Hace falta comunidad.

Porque si no, la automatización puede ser una tragedia.

En un modelo desregulado, las máquinas producen, los dueños concentran y la gente sobra.

En un modelo socialmente organizado, las máquinas producen y la gente vive mejor.

Esa es la discusión de fondo.

Volver a lo humano

Cuando pienso en una sociedad menos atrapada por el trabajo obligatorio, no imagino gente tirada sin hacer nada. Esa es una caricatura interesada.

Imagino otra cosa.

Gente con tiempo para moverse, hacer deporte, cuidar su cuerpo. Gente aprendiendo música, cocinando, viajando, estudiando, enseñando, criando, compartiendo. Gente volviendo a oficios manuales como tejer, construir, reparar, sembrar o cocinar, no porque tenga que exprimir cada minuto para sobrevivir, sino porque hacer cosas con las manos también ordena la cabeza.

Imagino clubes llenos. Talleres llenos. Plazas llenas. Familias con más tiempo. Comunidades más vivas. Personas menos rotas.

La tecnología debería servir para eso.

No para que trabajemos más, consumamos más y apostemos más.

No para convertir cada emoción humana en un negocio.

No para que la vida sea una competencia permanente de individuos agotados tratando de salvarse solos.

La tecnología debería servir para que podamos vivir mejor juntos.

Ya somos globales, pero no tenemos herramientas globales

Y acá aparece el último punto, que para mí es central.

La globalización ya no es una promesa. Ya pasó. Ya ocurrió.

No en el sentido ingenuo de que todos vivimos igual o de que desaparecieron las fronteras. Al contrario: las desigualdades siguen, las fronteras siguen, los intereses nacionales siguen, las guerras siguen. Pero materialmente ya somos una comunidad global interconectada.

Compartimos tecnologías, mercados, datos, crisis climática, cadenas de producción, pandemias, migraciones, información, alimentos, energía, plataformas, problemas financieros y riesgos existenciales.

Lo global ya es real.

El problema es que no tenemos herramientas globales para gestionar esa realidad.

Seguimos intentando resolver problemas globales con instituciones fragmentadas, Estados compitiendo entre sí, corporaciones moviéndose más rápido que las leyes y sociedades encerradas en discursos nacionales que muchas veces no alcanzan para explicar lo que está pasando.

La inteligencia artificial no se detiene en una frontera.

El cambio climático tampoco.

La especulación financiera tampoco.

Las plataformas digitales tampoco.

La automatización del trabajo tampoco.

Entonces necesitamos algo que todavía no tenemos: una conciencia colectiva global y herramientas institucionales acordes a esa escala.

No hablo de borrar culturas, países ni identidades. Hablo de entender que hay problemas que ya no se pueden resolver desde el ego de un individuo, de una empresa o incluso de un país aislado.

El salto civilizatorio no va a consistir en que gane un elegido.

Tampoco en que gane una empresa.

Ni siquiera en que gane un país solo.

El salto va a ser construir una forma de organización donde la inteligencia técnica esté subordinada a una inteligencia social más grande. Donde el mercado no sea el dios que decide todo. Donde la innovación no se mida solo en rentabilidad. Donde el trabajo no sea una condena. Donde la libertad no sea estar solo frente a corporaciones gigantes. Donde el conocimiento se reconozca como construcción colectiva. Donde la riqueza tenga que justificarse por su impacto real en la vida.

Capaz ese es el verdadero fin de la era del engranaje.

No que las máquinas reemplacen a la humanidad.

Sino que la humanidad deje de comportarse como una máquina.

Y empiece, por fin, a organizarse para vivir.

Realizado con IH (Inteligencia Humana) e IA (Inteligencia Artificial)