“BRICS” es el acrónimo que agrupa a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Originalmente fue Jim O´Neill quien acuñó la sigla en un escrito para Goldman Sachs de 2001, señalando que estas potencias (en su momento solamente BRIC), iban a tener un importante peso en la economía mundial, por lo que era necesario empoderarlas.

Tan errado no estaba: los BRICS son las economías emergentes que han demostrado el más alto nivel de crecimiento desde fines del siglo XX, aunque hoy por hoy su crecimiento quizás no sea tan acelerado como antes. Y lo que originalmente nació como un simple término para dar cuenta de un fenómeno económico –en el marco de la atracción de potenciales inversiones y desarrollos financieros– se ha convertido en la actualidad en toda una coalición político-económica que apunta a instaurar un punto de vista propio en foros internacionales, interviniendo en procesos de toma de decisión y adquiriendo un peso específico en las negociaciones sobre temas como cambio climático, el Consejo de Seguridad de la ONU o la designación de autoridades en los organismos internacionales de crédito. Esto debe entenderse pensando en que, viviendo en un mundo donde no queda claro si existe un centro de poder, varios, o ninguno, asociarse pareciera ser un factor clave para posicionarse mejor.

En julio del año pasado fue la 6ta Cumbre de países BRICS, y se generó un revuelo político a partir de la invitación que nuestro país había tenido para sumarse al encuentro entre BRICS y líderes latinoamericanos, que derivó en la teoría de que eventualmente Argentina podría sumarse a este bloque.

El interés que suscita para la Argentina pertenecer a este bloque se encuentra en línea con la estrategia de política exterior de la última década; apuntando nuestro país hacia “nichos de poder” alternativos que le permitan destacarse y poder sentar posición, así como – de ser posible – ubicarse en un lugar de confrontación con los Estados Unidos, aunque más no sea desde lo discursivo.

Es por eso también que el impulso a la cooperación Sur-Sur ha sido tan fuerte en los últimos años; manifestándose en acuerdos de cooperación con estos países a nivel técnico y científico, en áreas tales como salud, agricultura e inclusión social.

Particular atención puede merecer en estos tiempos la relación con China y Rusia. La presencia creciente de estos países en nuestro territorio (en los últimos dos años el Gobierno firmó más de 60 acuerdos con ambos países) no es casual, y obedece a una conjunción de intereses –algunos coyunturales, otros a verificarse en su continuidad a más largo plazo de mantenerse los acuerdos firmados luego de 2016.

Así y todo, no podemos descartar nuestro vínculo cultural, económico y político con Brasil que, si bien hoy se nos presenta como vecino tumultuoso, es un socio en varios frentes de integración regional, y por lo tanto un aliado presente y futuro para iniciativas que nuestro país desee emprender en el frente internacional. De la misma manera no hay que descartar las potencialidades que un acercamiento con India nos puede traer, en términos de asociaciones en temas de competitividad y nuevas tecnologías.

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