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Idea Vilariño

Un nombre, una marca, un destino. Nace en Montevideo el 18 de agosto de 1920. Su padre, Leandro Vilariño que también escribía versos, era anarquista y llamó a sus hijos con nombres poéticos afines a su ideal libertario: Alma, Idea, Poema, Azul y Numen.

A sus 25 años ya era huérfana de padre y madre. Esa soledad existencial y una temprana conciencia de la finitud atraviesan toda su poesía y la constituyen como una inflexible columna vertebral.

Fue docente de literatura, bibliotecaria, traductora eximia y sobre todo poeta. Ejerció el periodismo literario en revistas que cofundó (Clinamen, con Ángel Rama; Número, con Emir Rodriguez Monegal y Mario Benedetti, entre otros) o en las que participó asiduamente, como el célebre semanario Marcha. Su primera colaboración a la revista es una traducción de Simone de Beauvoir en 1948. Ya entonces era una mujer diferente, a la que sus compañeros consideraban un par, sin por ello renegar un ápice de su femeneidad, sino más bien todo lo contrario. Baste un ejemplo: en 1955 renuncia a Marcha cuando su director, Carlos Quijano, pone reparos a la publicación de un verso suyo: “un pañuelo con sangre, semen, lágrimas”.

Amó intensamente y el amor fue el gran tema de su poesía (el amor y la muerte, ¿de qué otra cosa puede escribir un poeta?). Pero el amor que ofrecen sus versos es la exacta contratacara del amor romántico. Sólo admitió el color rosa en la descripción de algún crepúsculo, nunca para sí misma, nunca para el amor. Tuvo una tormentosa relación con Juan Carlos Onetti, otro gigante de la literatura. Ese amor estuvo hecho de mutua admiración e incomprensión. Onetti le dedicó su nouvelle Los Adioses y la sombra de Idea sobrevuela en varios de sus cuentos. Ella escribió para él y por él innúmeros poemas. Uno de ellos ganó celebridad:

YA NO

Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volverá a tocarte.

No te veré morir.

 

No es sencillo conseguir la obra de Idea Vilariño, mayormente publicada en Uruguay y con poca llegada del otro lado del río. Afortunadamente, la editorial argentina Colihue tiene en su catálogo una antología titulada En lo más implacable de la noche. El título es un verso de Idea y es representativo de la nocturnidad que habita toda su poesía. También define un rasgo distintivo de su persona y su literatura: la implacabilidad. Mujer y poeta sin medias tintas, y muy pocas pulgas. Implacable primero consigo misma, con su obra, consciente hasta el extremo de la importancia de una coma o el lugar de un adjetivo. Cuentan que rompió el contrato con su editor por la errata de un acento y retiró de circulación toda la tirada.

Su lucidez era implacable. Y sus convicciones. Poco antes de morir, desde la cama, escribió en un papelito: “Nada de cruces. No viví en la paz de ningún señor. Cremar”.

Murió el 28 de abril de 2009, en Montevideo. Su poesía permanece. Algunos de sus poemas fueron musicalizados. Al poema que sigue le puso música Alfredo Zitarrosa y hace unos años Soledad Villamil agregó su voz para una hermosísima versión. Una buena manera de asomarse a e iniciarse en la poesía de Idea.

Hoy que el tiempo ya pasó,

hoy que ya pasó la vida,

hoy que me río si pienso,

hoy que olvidé aquellos días,

no sé por qué me despierto

algunas noches vacías

oyendo una voz que canta

y que, tal vez, es la mía.

Quisiera morir –ahora– de amor,

para que supieras

cómo y cuánto te quería,

quisiera morir, quisiera… de amor,

para que supieras…

Algunas noches de paz,

–si es que las hay todavía–

pasando como sin mí

por esas calles vacías,

entre la sombra acechante

y un triste olor de glicinas,

escucho una voz que canta

y que, tal vez, es la mía.

Quisiera morir –ahora– de amor,

para que supieras

cómo y cuánto te quería;

quisiera morir, quisiera… de amor,

para que supieras…

(1972)

Circe Maia

Como su predecesora, Circe Maia nació en Montevideo, en 1932. Vive, desde hace mucho tiempo, en Tacuarembó, pequeña ciudad al norte del país. También se dedicó a la docencia (en filosofía) y a la traducción literaria, sobre todo los griegos modernos y poetas de lengua inglesa. Ha publicado ensayos que cruzan la filosofía con la literatura. A lo largo de su vida, criando hijos, dando clases, llevando adelante la casa, en tiempos de proscripción (un marido preso, la censura acechando detrás de cada puerta) o de democracia, nunca, hasta hoy, Circe Maia ha dejado de escribir sus poemas.

Su obra está regida por una férrea poética, no tomada de ninguna corriente o moda literaria sino fruto de la propia reflexión y de convicciones estéticas que, bien miradas, prefiguran toda una ética. Su vida y su poesía son modos siempre pudorosos de una misma expresión. En la introducción que ella misma escribe para una recopilación de sus poesías (Obra poética, Rebecalinke editoras, 2010) expone sus nada platónicos principios:

“Se consideró muchas veces a la belleza como una esencia aislada de los real, del vivir cotidiano –y aún en oposición con él-, de modo que las ocupaciones corrientes, la vida en compañía, serían trabas para el creador. Comparto, al contrario, la opinión que ve en la experiencia diaria, viva, una de las fuentes más auténticas de la poesía. Su expresión adecuada es el lenguaje directo, sobrio, abierto (…) La misión de este lenguaje es descubrir y no cubrir; descubrir los valores, los sentidos presentes en la existencia y no introducirnos en un mundo poético exclusivo y cerrado”.

Idéntica concepción de la poesía es posible encontrar en algunos textos que tienen la vibración del manifiesto:

No queríamos

No queríamos ángeles ni rosas

-claro que no queríamos-

aquella flor sin peso, sin su tierra

la rosa pura en soledad y frío.

No queríamos cielos de refugio

ni menos esa lluvia de palabras

como una niebla fina.

Sino ver y vivir, estar y ver

junto con otros, descender los días

atravesar el tiempo de la mano

de mañanas veloces

por mediodías anchos de luz, junto con otros

caernos hacia el mismo corazón de la noche.

Una poesía de lo cotidiano, de la vida pura, material, sensitiva. Lo contrario al solipsismo.

Al igual que en caso de Idea Vilariño, algunos de sus poemas fueron musicalizados por autores de la talla de Daniel Viglietti o Numa Moraes. Este último es quien canta:

Encerrado en ti mismo

-viendo y no viendo-

¿cómo verás el mundo

con ojos ciegos

que en vez de abrirse a otros

miran adentro?

En las antípodas del panfleto o la consigna, Circe va enhebrando poemas que traman y dicen, siempre a media voz, nunca a los gritos, una manera de ver el mundo, una forma de entender la vida y la realidad. No otra cosa es la ideología.

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